La tumba de Claudio está en la bodega…

Detrás de una puerta verde de madera, con el nombre de la última habitante de la casa, Manuela Macías Fernández, escrito en el dintel para que el cartero le dejara las cartas, aparece la bodega. A la izquierda se vislumbra un viejo aparador cubierto de telarañas, revistas del corazón de hace quince años esparcidas por el suelo, una balanza romana junto a la pared de piedra y un despertador carcomido sobre una repisa, parado a las tres y media. Al fondo, en el rincón más oscuro de la estancia y el más húmedo, se encuentra la tumba de Claudio.

Condenado a diez años de cárcel por participar en la revolución de 1934, amnistiado por el Frente Popular y combatiente en el Ejército republicano durante el primer año de la Guerra Civil, Claudio Macías Fernández había regresado a su casa de Villalibre de la Jurisdicción (Priaranza) en el otoño de 1937, al igual que otros cientos de milicianos bercianos, cuando el frente de Asturias se derrumbó y las tropas de Franco entraron en Oviedo y en Gijón. Soltero y de poco más de treinta años, Claudio murió posiblemente de una neumonía, mientras se escondía en su casa de las represalias que ya le habían costado la vida a su hermano Arsenio, de 16 años, asesinado por no delatarle y enterrado en la curva de la N-536 en Villalibre, a quinientos metros del pueblo.

Claudio se sintió morir y preparó su entierro. Pidió a su madre y a sus hermanas que envolvieran su cuerpo en unas mantas, lo metieran en un arcón de madera, y lo enterraran sin hacer ruido en la misma bodega de la casa para evitarles la venganza de quienes le buscaban.

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